Una ciudad de acantilados que se lee con los pies
Dubrovnik es escaleras de piedra caliza, brillo del mar y murallas que convierten cada curva en un mirador; no se entiende desde un autobús.
- En 1667 un terremoto arrasó gran parte del casco antiguo; lo que caminas hoy es en gran medida lo que se levantó después, piedra a piedra, dentro del mismo anillo de fortificaciones.
- En Stradun el empedrado pulido corre de este a oeste como una espina dorsal; los locales siguen cortando por callejones laterales llamados skalinada para esquivar aglomeraciones y sol.
- Al anochecer se van los cruceros y los mismos pasajes se sienten más pequeños y tranquilos: la gente se queda en los escalones con vino porque detrás de las murallas no hay prisa a ningún sitio.
Qué comer

Peka — Carne o pulpo cocidos lentamente bajo campana encajan con cocinas dalmatas cuando los hornos escaseaban y el fuego hacía el trabajo.
Risotto negro — La tinta de sepia tiñe el arroz en una costa donde el marisco era comida de cada día, no plato de ocasión.
Rožata — La versión dubrovnikense del flan de caramelo refleja el comercio veneciano y mediterráneo que moldeó los dulces locales.
Pescado fresco del Adriático — La pesca del mismo día en aguas cercanas es lo habitual en las konobas porque el puerto sigue siendo parte del día a día.
Antes de ir
No olvides la entrada
Si quieres el interior, cómprala antes. La ruta se hace igual desde la calle.
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